MUNDICIA / Rodrigo Soto

Una bitácora del día a día, mes a mes, año a año, con textos incómodos o inconexos, de esos que no encuentran cabida en otro sitio, hasta que la muerte u otro bicho o alimaña se aparezca o nos separe... paralelo10@correo.co.cr

sábado, febrero 06, 2010

LED ZEPPELIN EN LA ESPIRAL

Tenía tal vez 12 años y mi hermano mayor se encerraba en la sala de la casa con sus amigos para escuchar música a todo volumen. Eran los años 70, el apogeo de la “música progresiva”: Pink Floyd, Genesis, Emerson Lake and Palmer, Yes, Led Zeppelin. Como perros con el ulular de una sirena, los demás miembros de la familia nos metíamos bajo la cama, nos encerrábamos para no escuchar. La música de mi hermano era causa de conflictos familiares. Mi hermano era causa de conflictos familiares. Mi familia era causa de conflictos familiares.

A veces, cuando él no estaba en casa, yo me escabullía a la sala y ponía sus discos a escondidas. Otras veces, cuando él escuchaba música, yo merodeaba y, curioso pero a regañadientes, me dejaba envolver por ella. No sé si me gustaba. Me desconcertaba, no la entendía. Al mismo tiempo me sentía inevitablemente atraído por aquellos sonidos que, de una forma confusa, entendía que eran la música de la época.

Salvo Pink Floyd, cuya música seguí escuchando durante mi juventud y aprendí a apreciar, no volví a escuchar ninguno de aquellos discos, exceptuando la esporádica emisión de una canción de Led Zeppelin en la radio. (Generalmente “Escaleras al cielo”, claro está.) Durante muchos años mis gustos musicales se orientaron sobre todo hacia la clásica y el jazz, aunque siempre he escuchado todo.

De un tiempo para acá empecé a sentir el deseo de reencontrarme con aquella vieja música que nunca supe si llegó a gustarme. En especial tenía ganas de escuchar Led Zeppelin, ojalá su segundo disco, aquel de “Mucho, mucho amor.”

Por fin, hace pocas semanas, me hice con varios de sus discos y, desde entonces, los he estado escuchando con regularidad.

Desde luego, he quedado maravillado con su música, esa explosión energía, ingenio y creatividad. Su libertad insolente y al mismo tiempo rigurosa y experimental. Me alucina pensar que cuando grabaron esos discos eran chicos de veintipocos años. Su capacidad de crear diferentes texturas y atmósferas en una sola pieza; su apropiación del blues y otros ritmos norteamericanos que están a la base del rock. El cabrón de la batería, el Bonham ese… ¡Qué animal! Entiendo perfectamente que, tras su muerte, los demás se rehusaran a tocar sin él, pues su aporte al grupo es fundamental. Y Page y Plant, claro…

En fin, todo eso es verdad, pero no es esto de lo que quiero hablar.

Lo que me ha sorprendido -¡y maravillado!- es la sensación de regreso, de reencuentro, de retorno a algo íntimamente conocido que experimenté, que experimento cuando escucho a Led Zeppelin. Es como si su música siempre hubiera estado conmigo, como si nunca me hubiera abandonado (o yo no la hubiera abandonado). Tengo la impresión de conocer esa música –aún las canciones que no había escuchado- de una manera profunda y personal, como si me hablara en una clave íntima.

¿De dónde vienen estas sensaciones, estas emociones? ¿Del hecho de que Led Zeppelin me transporta directamente a la infancia? ¿El tiempo recobrado, entonces, o al menos acariciado? ¿O tan siquiera la ilusión de regresar?

No lo sé, no lo creo. Porque no es el niño de entonces quien los escucha, el que vuelve a escucharlos: es yo, soy ahora, desde la distancia de una vida. Es la vuelta de tuerca, el círculo que regresa pero en su trayecto ha conquistado un respiro, un ápice de libertad. El niño que no los entendía, que los temía, que no sabía si tenía derecho a gustar de esa música, quedó atrás. Gané la libertad para dejar que esa música me hablara como acaso lo hizo siempre aunque entonces no lo supiera o no lo pudiera aceptar.

viernes, febrero 05, 2010

De "La Caida" (Camus)

"Comme, a l´état de veille, et pour peu qu´on se connaisse, on n´apercoit pas de raison valables pour que l´immortalité soit conféreé á un singe salace, il faut bien se procurer des succédanés de cette immortalité. Parce que je desirais la vie éternelle, je couchais donc avec des putains et je buvais pendant des nuits. Le matin, bien sur, j´avais dans la bouche le gout amer de la condition mortelle."

"Como, en estado de vigilia, y por poco que nos conozcamos, caemos en la cuenta de que no hay razones válidas para que la inmortalidad le sea concedida a un mono lascivo, es preciso encontrarle sucedáneos a esta inmortalidad. Puesto que deseaba la vida eterna, me acostaba con putas y bebía durante noches enteras. Por la mañana, desde luego, tenía en mi boca la amargura de la condición mortal."

jueves, febrero 04, 2010

DIARIO 1

desnudo frente a la computadora
el cepillo de dientes en mi boca

tres personas visitaron mi blog en Ecuador

¿desde cuándo me interesa eso?

borroso atrás

la ventana el lenguetazo del sol el viento enero

lunes, febrero 01, 2010

PATRIA (Los días y sus dones, 1980-2001)

La extraña –y poderosa– sensación de útero protector que me produce Costa Rica, como un lugar “fuera del mundo”.
***
Tu país es donde no te sentís obligado a explicarle a todo el mundo qué estás haciendo ahí.
***
La pregunta es qué vamos a ser en el futuro: costarricenses de primera o gringos de segunda…
***
Escuchado en un autobús en San José: “Allá en Cielo Roto está lloviendo sabroso”
***
¿Por qué existe el ser y no la nada? (Heiddegger)
¡Por dicha! (Un tico).
***
En Costa Rica, los únicos que se ganan la vida con sus palabras son los políticos.
***
La reforma al Estado costarricense en la década de los 40 fue a un tiempo progresista y modernizante. Progresista en lo social, modernizante en lo económico. A su término, el Estado patriarcal había desaparecido para ser reemplazado por otro tipo de Estado que, a falta de mejor palabra, podemos llamar "pa­ternal". La figura del patriarca bondadoso y severo, cuyo mejor representante fue tal vez don Ricardo Jiménez, desapareció en los pasillos del Seguro Social y en las filas ante las ventanillas de la Banca Estatal. Estamos en la inmediata posguerra, el último período de expansión del Imperio. ¿Qué tiene que hacer ahí la vieja oligarquía liberal, de bombín o chapó?
***
Demasiado fácilmente se estableció que la afirmación de la nacionalidad costarricense se llevó a cabo en la Guerra del 1856. Sin embargo el fusilamiento de Francisco Morazán, 14 años antes, evidencia ya una voluntad soberana indiscutible.
***
Para hacer dinero en Costa Rica habría que montar una industria de tintes para pelo.
***
Muy fácil criticar el carácter populista de la democracia costa­rricense, es cierto, pero ¿qué hacés para hacerla más real, profunda, efectiva, verdadera? Viendo los toros desde la barrera, todos los gatos son pardos y el torero más audaz un pendejo... De modo que cuidado te descubrís un día señalando como defecto principal de este régimen lo que se hace y no lo que se deja de hacer.
***
En Costa Rica son más bien pocos los tontos que, por tener más, se creen más que los otros, y pocos también los tontos que, por tener menos, se sienten menos que los demás.
***
Durante la segunda mitad del siglo XX, la política en Costa Rica se movió entre un partido sin periódico y un periódico sin partido.
***
La prueba más palpable de nuestro aldeanismo centroamericano, es la desintegración.
***
Está claro que los costarricenses seremos centroamericanos o no seremos nada. Está claro que los costarricenses seguiremos siendo nada.
***
La extrema cercanía, envolvente y a veces levemente servil, con que los costarricenses abrazamos a los extraños, extranjeros y desconocidos, se compensa con un trato más bien reservado y distante en la auténtica intimidad. Por el contrario, la distancia un poco irónica y autosuficiente que los argentinos imponen a los desconocidos, se compensa con una intimidad calurosa y fraterna.

miércoles, enero 06, 2010

PALABRAS (Los dias y sus dones, 1980-2001)

“Solo las palabras verdaderas merecen existir, porque sólo ellas son mejores que el silencio”. (J. C. Onetti.)
***
Como toda obra humana, el lenguaje es susceptible de destruirse, es vulnerable. Para que la comunicación sea posible es necesaria la complicidad entre las partes, el acuerdo tácito en el poder de la palabra.
***
Con los años he tomado conciencia de que las palabras son equívocas y frágiles, pero también de su poder y hermosura.
***
Yo quiero acariciar las palabras.
***
Me cobijo en el silencio como en la penumbra. Hay algo acogedor, íntimo y fértil en la soledad que me abraza entonces. Hilvano palabras, deshilacho pensamientos, rumio sensaciones. Todo tiene su tiempo y este es el más secretamente mío, cuando no soy nada más que este pausado deambular, esta errancia en busca de espejismos que me den sustento. Soy fuerte entonces porque soy sólo un silencio que respira, una pausa entre dos grietas que se abren. Las palabras hablan por mi boca. Soy una cuerda en donde vibra el mundo, una cosa ínfima y grandiosa en su insignificancia. Elegí la palabra, las palabras me eligieron. Vivo en su precariedad airosa, en su reino de jilgueros.
***
Tal vez es cierto que las palabras son inevitablemente equívocas, pero en el silencio, o más bien en la mudez, el equívoco es mayor, pues ni siquiera tenemos la aproximación que ellas nos brindan para entendernos.
***
¡Nada que decir y sin embargo esta irresistible voluptuosidad de sucumbir a la palabra!
***
Que con nombrarlas las cosas resplandezcan.

viernes, diciembre 11, 2009

EL DILUVIO UNIVERSAL, novela de Guillermo Barquero

Sin pretender hacer teoría del asunto, diría que las novelas pueden ser difíciles por su complejidad formal, por ser oscuras o confusas en el abordaje de su tema o por abordar asuntos poco gratos que, en general, preferimos obviar o ignorar. Creo que este último es el caso de “El diluvio universal”, primera novela del escritor costarricense Guillermo Barquero (1979).
En sus 280 páginas, “El diluvio universal” nos introduce en el mundo de Rafael Martínez, personaje principalísimo –mas bien único- de la novela. ¿Y quién es Rafael Martínez? Rafael Martínez iba a ser, sería, soñaba con ser, un eminente científico, un microbiólogo destacado que se dedicaría a la investigación pura en los temas de su interés.
De él sabemos que se crió en un ambiente familiar triste, marcado por el suicidio de una hermana, por el amor de su abuela y por la ausencia de su padre –la palabra “padre” no aparece una sola vez en la novela–; sabemos que fue un estudiante aventajado, que tuvo contacto con institutos de investigación de países del primer mundo y que su ingreso al entorno de la investigación de punta parecía inminente; sabemos que recibió una herencia que le permitió viajar por Europa, que tuvo un único amor y que la muerte le arrebató a su joven esposa en un accidente. Sabemos también, desde el inicio, que todo ello lo condujo al alcoholismo, a la pobreza –casi a la miseria–, y que su vida actual discurre entre la dipsomanía y la ilusa esperanza de que algún día reencontrará el destino que acarició y que no supo exactamente cómo ni cuándo escapó de sus manos.
Este universo oscuro, decadente, no es en ningún momento considerado con compasión o ironía. Cualquiera de estas dos aproximaciones abriría una válvula de escape sobre la atmósfera asfixiante del texto. Pero Guillermo Barquero prefirió una mirada fría, casi “entomológica” sobre su personaje.
Quienes lean el libro no me reprocharán haber contado esto, pues “El diluvio universal” es cualquier cosa menos una novela en que el argumento sea lo esencial. Diría que casi todas las cosas importantes en el libro escapan a la brevísima sinopsis que acabo de esbozar.
¿Qué es entonces lo esencial en esta novela? ¿Cuáles son las cosas importantes en ella?
Para responder, es necesario preguntarnos dónde transcurre la acción de la novela. En mi opinión, la acción de esta novela se desarrolla fundamentalmente en tres planos:
1) En el intracuerpo del protagonista.
2) En la memoria y la imaginación del protagonista.
3) En el lenguaje mismo.
La vocación científica del protagonista lo lleva a tener una hiperconciencia de su organismo, de la vida celular, de los órganos internos de su cuerpo, y la novela está atravesada por referencias constantes a este plano de la realidad: lo intracorporal. (Un acierto la pintura de Francis Bacon en la portada). Estamos pues ante una novela en la que lo escatológico tiene una presencia importante, casi fundamental. Hay una complacencia del narrador –a veces narrador protagonista, a veces narrador testigo, a veces narrador omnisciente– en nombrar, casi diríamos en “tocar” lo primario, lo elemental, lo oscuro, lo vedado de la vida orgánica. Paralelo a ello, el protagonista está obsesionado desde su niñez con la muerte, con la idea de su muerte, lo que vuelve doblemente escatológica la obra.
En cuanto a la memoria y la imaginación, gran parte de lo que el autor nos presenta en las páginas de su libro no son las acciones ni los pensamientos del protagonista ni –digámoslo así– la situación general del personaje, sino más bien recuerdos o fragmentos de recuerdos, imágenes oscuras de la conciencia cuyo origen no resulta siempre preciso: la memoria, la imaginación o una mezcla de ambas. No se trata, pues, de una novela estrictamente realista. Pero sobre esto volveré más adelante.
En cuanto al lenguaje, la novela es torrencial, en perfecta sintonía con el título. Asistimos en ella a un diluvio de palabras, un diluvio que a mi juicio tiene resonancias e inspiración barroca. Las citas y referencias a Quevedo no resultan casuales, ni el hecho de que los capítulos tengan un encabezado a la usanza de las novelas del Siglo de Oro. Además de barroca en su lenguaje, la novela es también, a veces, ligeramente culterana –palabras y tropos de uso infrecuente, a veces en desuso– y no está exenta del lenguaje científico del protagonista.
i) Escatológica en algunas de las materias que toca, ii) barroca y a veces culterana en su lenguaje y iii) en los límites del realismo, son algunas de las características de esta novela.
Sobre los límites del realismo en los que se mueve la novela, hay un aspecto que también me parece oportuno comentar. Si bien desde las primeras páginas, desde los primeros párrafos, la novela nos introduce en el intracuerpo, en la imaginación y la memoria del personaje principal, todo parece quedar enmarcado dentro de los márgenes de un “realismo” que admite esos planos de la realidad. Sin embargo, en el último tercio de la obra, el autor salta sobre este código estético, cambia los términos del “contrato de lectura” con sus lectores y la novela adquiere un tono diferente, alegórico en algún sentido, cercano a la literatura del absurdo, en otro.
Para uno, como lector, este cambio de los códigos después de 200 páginas de lectura no resulta fácil de encajar. Y esa es otra dificultad que la novela nos plantea.
Además de estas características, si se quiere relacionadas con lo narrativo del texto, me gustaría también referirme brevemente al plano ideológico de la novela, es decir, a las ideas y conceptos que se abordan o plantean en ella.
Tal y como alabé lo acertado de la portada de esta edición, debo decir que discrepo del texto de la contratapa. En él se afirma que la referencia cristiana subyacente en el título es fortuita. Nada más lejos de la verdad.
La novela en su totalidad es un airado reclamo, un desesperado grito contra el Padre –contra el Padre Celestial, aunque no por sutiles las relaciones entre religión y psicología son menos evidentes– por su abandono, por su ausencia, por el castigo de existir en un mundo del que Él se ha retirado. En efecto, se trata de un mundo sin Dios. Un mundo en el que el castigo es la inexistencia de Dios pero el pecado no resulta para nada claro. De hecho, parte de la búsqueda del protagonista –una búsqueda a ciegas, desesperada– es la búsqueda de la Culpa. Hay quienes buscan el Perdón mediante la expiación, y hay quienes buscan la Culpa mediante la autodestrucción. El protagonista necesita saber cuál ha sido su pecado: otra resonancia con la literatura barroca, con el Lope de “¡Ay, mísero de mí…!”
Pero no solo ello: ante la ausencia de Dios, la ciencia, como búsqueda alterna de sentido, también ha fracasado. El protagonista se pasea ante los restos derruidos de dos deidades: Dios y la Ciencia, y es incapaz de dotar de sentido a su existencia.
Estamos, pues, ante un mundo eminentemente nihilista.
En un universo como este, la muerte es una liberación y la aniquilación una promesa: la promesa de la purificación para iniciar un nuevo ciclo. Y aquí es donde la metáfora o el símbolo del Diluvio Universal entra a jugar plenamente.
¿Es, en definitiva, nihilista esta novela? No lo sé. Sí y no. Al recurrir al símbolo de la purificación, abre una ventana a la renovación, aunque creo que el autor eligió ser ambiguo en este aspecto.
Estoy seguro de que Guillermo Barquero es conciente de las dificultades y los riesgos que he venido enumerando, y creo también que ha querido asumirlos. “El Diluvio Universal” es, en definitiva, una novela ambiciosa, estética y literariamente hablando, y es también una novela escrita sin concesiones al lector, que exige mucho de nosotros y nos pone a prueba.
Estamos, entonces, ante una novela de riesgo, de apuesta estética. Y este es, a mis ojos, un mérito importante. Cada lector deberá hacer su balance y decidir cuántos y cuáles de estos riesgos la obra sorteó con éxito y en cuáles otros sucumbió en su intento. Pero de eso se trata la literatura y las artes: de hacer apuestas, de tomar riesgos, de explorar caminos por los que otros no habían transitado.
Guillermo Barquero lo hace en esta novela y por ello merece mi saludo y reconocimiento.


viernes, diciembre 04, 2009

TRES O CUATRO CITAS DE MARTÍ

"Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece." (Para mí, la más extraordinaria lección de pedagogía que haya escuchado. Incluso una lección de política social: crear oportunidades para que se revele lo mejor de las personas.)

"La colonia continuó viviendo en la república..." (Idea clave a la que había también llegado por mi cuenta. Las repúblicas americanas heredaron la estructura racista, excluyente y depredadora del régimen colonial. Desde entonces cargamos con eso.)

"Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador." (Es que el injerto del modelo republicano/liberal/ilustrado fue automático en América Latina. Lo que en Europa fue un parto de siglos, aquí se impuso en décadas y como algo natural, necesario e inevitable. Y así nos ha ido...)

"Cree el soberbio que la tierra fue hecha para servirle de pesdestal, porque tiene la pluma fácil o la palabra de colores, y acusa de incapaz e irremediable a su república nativa, porque no le dan sus selvas nuevas modo continuo de ir por el mundo de gamonal famoso, guiando jacas de persia y derramando champaña." (Aunque nuestras repúblicas ya no sean selváticas, sería bueno recordarle esto a tantos poetas y escritorzuelos de por aquí... A mi también, en otra época...)

De Nuestra América (1891)